iCarus

Meses le llevó preparar su equipo. Meses de arduo trabajo, jornadas de más de doce horas. De hecho, recibió más de una madrugada ya en plena tarea.

Cálculos y más cálculos. Diseños en hojas de dibujo, diseños en servilletas. Cada momento de inspiración, reflejado, guardado, archivado, para su posterior revisión.

No podía dejar ningún detalle al azar. No podía darse el lujo de improvisar.

*

El gran día amaneció soleado, ni una nube en el cielo. Auspicioso.

Desde la tarde anterior estaba todo preparado, pero, aún así, revisó cada pieza minuciosamente. Perfecto. Todo estaba simplemente perfecto.

Además, las piezas cabían perfectamente en la mochila, y el total era mucho más liviano que lo que se esperaría. Ese era uno de sus mayores motivos de orgullo: había logrado que todo el conjunto pesara casi nada.

Con la mochila a la espalda, partió rumbo al edificio.

*

El ascenso era maravilloso. La caja de cristal del ascensor, le permitía sentir que estaba cada vez más lejos del suelo, pero más cerca de su sueño.

Por fin puso un pie en el mirador. Dio una vuelta por el perímetro del Panorámico. Impresionante. Impresionante, pero nada, a su vez, comparado con lo que vendría.

Sabía que tenía pocos minutos para lograrlo. Si se demoraba demasiado, posiblemente alguien apareciera, y sin dudas trataría de detenerlo. Eso era inaceptable.

Se descolgó la mochila y extrajo las piezas una por una, con prisa, pero con cuidado.

Había realizado el ensamblaje incontables veces, y sus manos se movían con gran naturalidad. Las piezas se interconectaban, encajaban perfectamente unas con otras.

Cuando terminó la estructura, se sintió reconfortado al comprobar que, tal como en las pruebas, conservaba gran libertad de movimientos.

Ahora el último paso: la banda sonora. Del bolsillo estratégicamente ubicado, sacó el iPhone. El cable había sido incorporado al conjunto, para que no estuviera colgando. Seleccionó la pista adecuada (había tenido tiempo suficiente para pensar en qué tema elegir para comenzar).

Estaba pronto. Apretó play. Se dejó ir.

*

Alejarse del piso de la azotea fue la experiencia más aterradora y a la vez más excitante de su vida. Nunca se sintió tan vivo como hasta ese momento. La lucha interna entre el terror, la alegría y la necesidad de permanecer en control, era sin cuartel. Pero resistió.

El viento acariciaba sus mejillas y revolvía su pelo. Era libre. Volaba.

La música sonaba en los audífonos. La melodía se mezclaba con los sonidos emergentes de la ciudad allá abajo.

Las calles conformaban una especie de laberinto interminable, familiar y a la vez lejano.

Algún transeúnte vio la sombra y elevó su cabeza al cielo. Un hombre alado. Un milagro.

A la distancia, el mar. Inmenso, de un azul intenso, un horizonte maravilloso.

Sonreía con la satisfacción de quien desafía a la muerte y le gana la pulseada. El equilibrio era sorprendente. Las alas permanecían estables y en perfectas condiciones.

Libertad. Esa era la palabra. Por una vez, era verdaderamente libre. Libre de las ataduras mundanas, libre de las preocupaciones, libre del pasado, de la gravedad.

*

Le tomó varios segundos darse cuenta que la música se había detenido por un instante. Entre el júbilo y los sonidos emergentes de las calles, no había sido algo significativo. Pero había pasado, y se preguntaba ahora qué habría ocurrido.

Con cuidado de no desviarse, extrajo el teléfono, una vez más, del bolsillo. Tenía un mensaje.

Dudó por un instante acerca de qué hacer, pero la curiosidad pudo más, y lo abrió.

Mil y una ideas pasaron por su mente mientras leía y releía esa línea que ella le había enviado. Recuerdos felices y de los otros. También sensaciones de todo tipo... esperanza, alegría, dolor, decepción, angustia. Tenía que terminar de entender, tenía que encontrar la respuesta correcta, tenía que no perder el control de sus emociones, tenía que...

*

En el piso 23 de la torre, en medio de los cristales rotos, allí junto al cuerpo sin vida del muchacho, los bomberos encontraron un celular. En la pantalla se leía el siguiente mensaje recibido: "Tenemos que hablar... Sol".

Comentarios

andal13 dijo…
Impresionante.

El mito de Ícaro siempre me fascinó.
La semana pasada vi el Ícaro de Daniele Finzi Pasca, una experiencia teatral alucinante...

La capacidad de volar no se perdona: Ícaro siempre se estrella al final.
tan dijo…
¡Delicioso!
Martín dijo…
Andrea: gracias! *blushes*

Me resultó siempre atractivo, también. Hace un tiempo que estoy viendo los afiches... en mi defensa, la idea me surgió antes, sólo que la ejecución vino lenta.

La capacidad de volar no se perdona. Gran frase. Gran verdad.

Tan: :D :D
Molly dijo…
Buenas noches, vengo a acariciarle el ego... Alguien por ahí fue bastante insistente en que comentara por aquí.

Me gustó el cuento. Me generó esa cosa de desasosiego que recuerdo del cuento del cambio de horario, pero con un poco más de sangre. Mientras volaba me imaginé que iba a terminar aplastado, pero porque soy fatalista nomás.
Molly dijo…
Hola, vengo a dejar escrito que el autor de este blopc es un botonazo... taaaaaaaanto insistió con que escribiera alguito y ni un "gracias" me pone...
¡¡Oh pardiez!!
Martín dijo…
Yo te explico: lo que pasa es que quise dejar pasar la misma cantidad de tiempo entre tu comment y mi respuesta, que el que dejaste pasar vos en tu blog... ;)

Muchas gracias por su caricia a mi ego. El mismo se sintió muy bien siendo acariciado por usted.

El final fatalista era, creo, inevitable. C'est la vie, que le dicen. ;)
Blogger dijo…
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