Veneno

Abro la puerta, y las nubes de tormenta acuden a mi llamado mudo, oscureciendo el suelo, segundos antes dorado por la luz del sol. Todo pierde brillo y nitidez.

Bajo mis pasos, el pasto del cantero se vuelve amarillo y sin vida.

Los perros del barrio se dividen en dos: por un lado los más valientes, que me ladran como si en ello les fuera la vida (tal vez así sea) y los que se encogen, sus ojos redondos, temerosos y brillantes.

Algún niño chico me dirige una mirada escondida. Ellos perciben verdades que los demás no. Los adultos no lo comprenderán hasta que sea, ya, demasiado tarde.

Me saludan, y trato de evitar de volver el saludo, salvo cuando es estrictamente necesario, y en esos casos, sin efusividad ninguna. Todavía me pesa lo que pasó, y mi conciencia no me deja olvidarlo.

Siento una voz conocida quejándose sobre mí. "¿Sería tan grave que sonría un poco?". ¡Si supiera!

Una sonrisa, un gesto amistoso, quizás luego un chiste compartido, una charla sobre intereses comunes. Cosas mínimas, intrascendentes. Así empieza todo. Así es el comienzo del fin.

No lo saben, no lo perciben. Soy venenoso. Soy tóxico.

Mejor mantenerse alejados.

Comentarios

Remy dijo…
wow muy misterioso... me llena de curiosidad O.O
Martín dijo…
Jajaja. Uno de esos días... viste cómo es... :P
Molly dijo…
¡¡¡¡¡Ahá!!!!! Los hombres también tienen "de esos días".

En palabras de un amigo, ¡¡arriba cabeza!!
Martín dijo…
Molly: sí, totalmente.

:D

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